Somos muy edadistas, y el trato discriminatorio a las personas por su edad cronológica tiene importantes consecuencias sobre su salud mental y física, impactando de forma significativa sobre su dignidad. También incrementa de forma significativa el coste asociado a los cuidados, dado que acelera y cronifica procesos de dependencia, que son muy costosos.
A su vez, sería deseable que, de la misma forma que se avanza de modo vertiginoso en la tecnologización de la atención sanitaria, se avanzase, de la misma forma, en la dirección de no descuidar la atención a lo humano y, concretamente, a las emociones de las personas.
No hay nada peor que la soledad en momentos de mala salud, y más en las últimas etapas de la vida. Dedicar un tiempo a escuchar y validar a las personas en situación de vulnerabilidad no es solo un acto de humanidad, sino de profesionalidad.
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