¿Cómo crear un entorno seguro en la segunda residencia en verano y evitar accidentes en personas mayores?
La llegada del verano lleva a muchas familias a recuperar durante unas semanas la segunda residencia. Este cambio de entorno, aunque suele asociarse al descanso, puede aumentar el riesgo de accidentes cuando la vivienda ha permanecido cerrada durante meses o no está adaptada a las necesidades actuales de quienes la habitan. En el caso de las personas mayores, la prevención resulta especialmente importante, ya que una caída, una quemadura o una descompensación por calor pueden afectar de forma relevante a su autonomía.
Según el Ministerio de Sanidad, el 30% de las personas mayores de 65 años y el 50% de las mayores de 80 se caen al menos una vez al año. Aunque no todos los accidentes se pueden evitar, muchos riesgos disminuyen cuando se revisa el entorno, se adapta la vivienda y se tienen en cuenta factores como la movilidad, la visión, la medicación o la presencia de enfermedades crónicas.
“Cuando una persona mayor vuelve a una casa de verano que no forma parte de su rutina diaria conviene observar cómo se mueve en ese espacio. No basta con comprobar que todo está limpio y ordenado; hay que valorar si puede acceder al baño por la noche, levantarse de la cama con seguridad, cocinar sin exponerse a quemaduras o salir a la terraza sin encontrar obstáculos. La vivienda debe responder a su situación actual, no a cómo se manejaba hace unos años”, explica Miriam Piqueras, directora Médica de Sanitas Mayores.
En las segundas residencias suelen aparecer riesgos muy concretos como alfombras sueltas, muebles mal ubicados, cables visibles, escalones poco señalizados, terrazas con desniveles o baños sin puntos de apoyo. Además, las temperaturas elevadas pueden aumentar el cansancio, favorecer mareos y alterar la hidratación, sobre todo en personas con patologías previas o tratamientos farmacológicos.
Ante este contexto, los especialistas de Sanitas Mayores recomiendan analizar la vivienda antes de la llegada y adaptar algunos puntos básicos:
El camino entre el dormitorio, el baño, la cocina y la terraza debe quedar despejado. Conviene retirar alfombras que se deslicen, fijar cables a la pared y evitar muebles auxiliares en las zonas de paso.
Una luz tenue en pasillos, baño y acceso a la habitación reduce el riesgo de tropiezos durante la noche. Los interruptores deben estar localizables y, si es posible, situarse cerca de la cama.
El suelo mojado, la bañera y la ausencia de apoyos elevan el riesgo de caída. Las barras de sujeción, las alfombrillas antideslizantes y una silla de ducha cuando exista inestabilidad pueden marcar una diferencia importante.
Los desniveles deben estar señalizados y libres de objetos. Si hay barandillas, es importante verificar que sean firmes. También conviene revisar cierres de ventanas, toldos y persianas antes de los días de calor intenso.
El cambio de entorno puede alterar horarios o favorecer olvidos. Preparar la medicación por días, tener a mano informes básicos y dejar visibles los teléfonos de emergencia, centro médico y familiares ayuda a actuar con rapidez ante cualquier imprevisto.
“Cambiar de casa durante el verano también requiere un proceso de adaptación emocional. En las personas mayores, un entorno menos familiar o insuficientemente adaptado puede generar inseguridad, aumentar el miedo a sufrir una caída o favorecer que reduzcan su actividad habitual. Por ello, anticipar la llegada, explicar los cambios en la vivienda y mantener rutinas reconocibles ayuda a que la persona se sienta más orientada, conserve la confianza y afronte el cambio con mayor tranquilidad y autonomía”, señala Soledad Scarcella, psicóloga de Blua de Sanitas.
Durante la estancia, los expertos recomiendan además mantener hábitos sencillos de prevención: ventilar en las horas más frescas, beber agua con frecuencia, evitar salidas en las horas centrales del día y prestar atención a señales como mareo, confusión, debilidad intensa o somnolencia poco habitual. Si aparece alguno de estos síntomas, es recomendable consultar con un profesional sanitario, ya sea mediante atención presencial o a través de videoconsulta.
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