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Ángel Guerra Elices: “La gestión de los profesionales de una residencia es esencial para que cada persona mayor esté bien atendida”

Ángel Guerra Eliices, director y gestor de residencias, expresidente de Acalerte y docente desde la primera edición del curso superior de directores de centros de servicios sociales de la entidad, defiende la formación, la organización de equipos y la atención centrada en la persona como pilares de la dirección residencial.

En este sentido, conoce el sector de la dependencia desde la práctica, la gestión y la formación. Diplomado en Enfermería, ha desarrollado una amplia trayectoria profesional vinculada a la atención sociosanitaria en Castilla y León, tanto desde responsabilidades institucionales como desde la gestión directa de equipos. Fue presidente de la Asociación Castellano y Leonesa de Atención a la Dependencia, Acalerte, entidad en la que continúa participando de forma activa en congresos, mesas redondas y programas formativos.

Su experiencia como responsable de Recursos Humanos del Grupo AGEYDEN le ha permitido abordar uno de los grandes retos del sector: la organización de plantillas, la captación de profesionales y la estabilidad de los equipos en un contexto marcado por la falta de personal cualificado. A esa mirada se suma una intensa vocación docente, desarrollada durante años en cursos universitarios, másteres y programas especializados en dirección de centros.

La formación de profesionales

La entrevista se realiza en el marco de su participación como profesor en el Curso Superior de Directores de Centros de Servicios Sociales impulsado por Acalerte, una formación en la que Guerra Elices colabora desde el primer año. En este espacio, orientado a la capacitación de futuros responsables de centros, comparte su visión sobre la gestión de personas, los modelos de atención, el papel de las residencias en el medio rural y la evolución de la atención centrada en la persona.

¿Cuáles son los principales objetivos que plantea a los alumnos en este curso?

Fundamentalmente, dos. El primero, que aprendan a gestionar personal. El segundo, que comprendan la organización de los centros. Es básico, porque si el personal no se gestiona bien, el centro se desorganiza.

En una residencia todo está relacionado. Hay que distribuir profesionales, ordenar tareas, asignar responsabilidades, establecer protocolos y marcar horarios. La organización diaria depende de esa estructura. Por eso la gestión de personas es una parte esencial de la dirección.

En un momento de implantación de nuevos modelos de atención a la persona, ¿cómo cambia esa gestión del personal?

En la gestión diaria cambia muy poco. Al final se sigue distribuyendo al personal por espacios, tareas y horarios. Lo que adquiere más importancia es la formación de los profesionales.

La atención centrada en la persona exige que el equipo entienda mejor lo que hace, por qué lo hace y para quién lo hace. La organización continúa siendo necesaria, pero la mirada debe estar mucho más orientada a la persona mayor y a sus necesidades concretas.

El personal es una de las grandes carencias de las residencias y, al mismo tiempo, su principal valor. ¿Cómo se consigue que los profesionales permanezcan en el sector?

Es muy difícil, especialmente en el momento actual. Nos encontramos con una situación en la que, muchas veces, tenemos que contratar a personas sin poder realizar una entrevista de trabajo como tal. Incluso ocurre que la entrevista nos la hacen ellas a nosotros.

Hay candidatos que llegan diciendo que quieren trabajar de lunes a viernes y de nueve a dos, por ejemplo, y eso resulta incompatible con un centro residencial, donde hay que atender a personas mayores las veinticuatro horas del día.

“El personal es la mayor carencia y también el mayor valor”

Ante esa realidad, lo que podemos hacer es motivar, acompañar y tratar de transmitir la importancia del trabajo que realizan. Tienen que entender que trabajan con personas mayores que tienen carencias, necesidades y una enorme dependencia de quienes les cuidan. Esa es la importancia vital de nuestro sector.

¿Se reconoce suficientemente el peso de las residencias y de sus profesionales, especialmente en el medio rural de Castilla y León, donde muchas veces son una de las principales empresas del municipio?

Probablemente todavía falta reconocimiento. Quizá porque hay muchas residencias y eso hace que a veces no se perciba la importancia que tienen.

Estamos en una etapa en la que la longevidad es cada vez mayor. Vamos a necesitar más cuidados, más atención a las personas mayores y más plazas residenciales. Esa realidad debería llevarnos a valorar mejor el papel de estos centros, también como generadores de empleo y actividad en muchos municipios.

¿Qué perfil deben tener los futuros directores de residencias?

Los veo bien preparados, aunque el perfil tiene que construirse con varias capas. En primer lugar, parten ya de una formación universitaria. Después reciben una formación específica, como la que ofrece este curso. Y, a partir de ahí, tienen que ir adquiriendo experiencia.

La dirección de un centro se aprende también con la práctica. Yo siempre les digo que la gestión es importante, pero que la forma de gestionar que yo les transmito no es la única posible. Cada profesional acaba desarrollando su propio estilo.

Además, no es lo mismo dirigir una residencia urbana que una rural; una grande que una pequeña; una con una plantilla envejecida que otra con trabajadores nuevos que necesitan más formación. Las circunstancias cambian mucho. Lo importante es que conozcan todos los elementos de la gestión y que tengan claro el objetivo final: que la persona mayor esté perfectamente atendida.

¿Cómo es el diálogo con quienes empiezan ahora en el sector desde la mirada de alguien que lleva toda la vida vinculado a la dependencia?

Desde mi punto de vista, es maravilloso. Es una de las partes que más me gusta del curso.

Hay contenidos teóricos que, evidentemente, tengo que explicar. Pero lo que más me interesa es hablar con ellos, generar diálogo, provocar preguntas y hacer que vayan soltando ese lastre inicial que todos tenemos cuando empezamos. El grupo también ayuda mucho. No aprenden solo del docente, aprenden de las experiencias, dudas y aportaciones de los demás.

¿Desde cuándo participa como profesor en este curso de Acalerte?

Desde que empezó. No recuerdo exactamente el año, pero aproximadamente desde hace una década. Han sido varias ediciones, con la interrupción de la pandemia.

Antes de este curso ya había colaborado con la Universidad San Pablo CEU en un máster de directores, hace quizá diecisiete años. También he impartido formación en la Universidad de Vigo, en la Universidad de Granada y en la Universidad de Santiago de Compostela, siempre en programas vinculados a la dirección de centros o a la gestión sociosanitaria.

Tengo ese ramalazo docente, como se suele decir. Mi profesión es la Enfermería, pero también soy profesor de EGB. Esa vocación terminó proyectándose en la sanidad y en el sector de la dependencia.

¿Cómo nació esa relación con la docencia aplicada al ámbito sociosanitario?

Cuando aprobé la oposición de la Administración, estuve un tiempo trabajando y después me trasladé a Vigo. Allí aprendí muchísimo del director del centro, que hoy además es amigo personal. Fue él quien me introdujo en la docencia.

A partir de esa experiencia empecé a colaborar con distintas universidades y programas formativos. Han sido muchos años impartiendo cursos, másteres y formación especializada para futuros directores.

En estos años, ¿cómo ha vivido la adaptación al modelo de atención centrada en la persona?

Creo que ha sido más fácil de lo que yo pensaba. Reconozco que al principio fui uno de los detractores de la atención centrada en la persona. Teníamos muchos reparos, sobre todo con la idea de las unidades de convivencia.

Nuestro caballo de batalla era pensar cómo podían funcionar unidades de convivencia con personas que, por su situación, tenían muchas dificultades para convivir. Con el tiempo, esa visión ha cambiado. Hemos entendido que una persona con capacidad cognitiva disminuida también puede estar en una unidad de convivencia, siempre que reciba los apoyos y las atenciones adecuados.

Poco a poco, el modelo se ha ido institucionalizando y los profesionales se han ido adaptando. Visto con perspectiva, hoy creo que la atención centrada en la persona ha sido un acierto.

¿Ha cambiado entonces su opinión inicial?

Sí, completamente. Al principio tenía muchas dudas. Ahora considero que el modelo tiene sentido, siempre que se aplique bien y con los recursos adecuados.

La clave está en entender que cada persona necesita una atención diferente. Ese es el camino.

REDACCIÓN BALANCE

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