¿Por qué el sistema de dependencia tiene rostro de mujer? Longevidad y morbilidad

¿Por qué el sistema de dependencia tiene rostro de mujer? Longevidad y morbilidad
¿Por qué el sistema de dependencia tiene rostro de mujer? Longevidad y morbilidad

Desde un punto de vista estadístico y sociológico, el sistema de dependencia en España tiene rostro de mujer, tanto en quienes la padecen como en quienes la cuidan e incluso en quienes reciben un cuidado inadecuado. En esta ocasión, ponemos el foco en las primeras a través de un análisis demográfico y de morbilidad basado en fuentes de datos oficiales. Aunque somos conscientes de que es un tema bien conocido, consideramos que siempre conviene recordar las evidencias que explican sus causas y consecuencias; solo así podremos reflexionar y pasar a la acción.

Según los datos a fecha del 31 de marzo de 2026, el Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD) registra un máximo histórico de 1.655.446 personas con prestación efectiva. El sistema mantiene un patrón de feminización, con aproximadamente 1.026.376 mujeres (62%) y 629.070 hombres (38%) beneficiarios, algo que no resulta sorprendente porque es la tónica desde que el sistema se inició con sus correspondientes hitos: 2007 solo gran dependencia, en 2011 se añade el grado II y en el 2015 todos, momento en que se aprecia una disminución en la diferencia, posiblemente debido a la mayor proporción de grados leves en los hombres.

Si nos limitamos a las personas mayores, la feminización se mantiene, aunque más acusada que en la población general, de manera que, del 1.208.476 de personas atendidas, 785.509 son mujeres, el 65% y si tomamos a las personas mayores de 80, la diferencia alcanza su máximo. En este grupo de edad, la diferencia entre sexos es de 42 puntos porcentuales (71% frente a 29%), mucho mayor que en el total del sistema, lo que significa que, por cada hombre dependiente de más de 80 años, hay 2,5 mujeres en la misma situación.

Como muestra la Figura 1, no es solo una mayoría simple; es una hegemonía que se intensifica con la edad. Mientras más envejecida es la población, más femenino es el sistema, lo que sugiere que la dependencia es el precio que pagan las mujeres por su mayor longevidad. Una evidencia que invita a analizar los factores de salud diferenciales desde el nacimiento, ya que la dependencia en las edades avanzadas de la vida se relaciona directamente con el estado de salud a lo largo de toda la vida y no exclusivamente en esa etapa vital.

Motivos

Tradicionalmente se ha dicho que la vejez es de sexo femenino por una cuestión meramente demográfico ya que la proporción de mujeres en etapas avanzadas de la vida, supera con creces la de los hombres en cualquier lugar del mundo. Dicho de otro modo, la mortalidad en masculina es más elevada en todas las edades, lo que explica la mayor presencia de población femenina. Aunque nacen más hombres que mujeres, la pirámide de población es claramente asimétrica a favor de las mujeres a partir de la quinta década (Figura 2) de manera que las personas mayores de 65 años en 2025 representan el 20,65% del total nacional y el 59,3% son mujeres.

Gráfica que muestra la diferencia numérica en la población española entre hombres y mujeres por edad.

Mortalidad

En 2023 la tasa bruta de mortalidad fue de 902,6 fallecimientos por 100.000 habitantes (932,1 en hombres y 874,2 en mujeres). La mortalidad ajustada por edad fue de 780,2 fallecimientos por 100.000 habitantes (985,7 en hombres y 620,6 en mujeres), siendo sus principales causas las enfermedades del aparato circulatorio los tumores malignos y las enfermedades respiratorias.

Por sexo, la enfermedad cerebrovascular es la principal causa de muerte en las mujeres (36,6 defunciones por 100.000 habitantes), mientras que en los hombres lo es la enfermedad isquémica del corazón (76,7). Por su parte, el cáncer de mama destaca en la mujer (21,2) y el de pulmón en el hombre (72,9), mientras que el cáncer de colon y recto ocupa el tercer lugar en ambos sexos (19,2 en mujeres y 39,3 en hombres).

La tasa siempre superior desde el nacimiento (mortalidad Infantil total: 3,01 defunciones por cada 1.000 nacidos vivos, hombres: 3,36, mujeres: 2,65) mantiene una clara diferencia en la edad adulta y tiende a acercarse en la vejez, como muestra la Figura 3. En esta grafica se separan intencionadamente los tramos de edad dada la enorme diferencia en la tasa de defunciones por 1.000 habitantes.

Gráfica que muestra la tasa de mortalidad en hombres y mujeres por grupos de edad.

Si tomamos al grupo de personas mayores, la sobremortalidad sigue siendo evidente, a pesar de la tendencia a la convergencia (Figura 4). Cabe señalar, como dato significativo, que incluso en las personas de 100 o más años, se mantiene (hombres 486,96, mujeres 431,33).

Gráfica que muestra la sobremanera de mortalidad masculina por grupos de edad.

Dado que la mortalidad está ligada especialmente a las enfermedades cardiovasculares y respiratorias, asi como a los tumores, merece la pena abundar en el tema con datos de prevalencia tal como se detalla en la Tabla 1.

Tabla que muestra la prevalencia de enfermedades severas en hombres y mujeres

Esperanza de vida

El otro indicador justificado por este comportamiento diferente entre los sexos es la esperanza de vida tanto al nacer como a los 65 años.

Según los autores del informe del Consejo Superior de Investigaciones Científica (CSIC) este es uno de los indicadores más completos y representativos de las condiciones sanitarias, sociales y económicas de un país. En 2023, la esperanza de vida al nacer en España alcanzó los 83,77 años. Las mujeres siguen manteniendo una mayor longevidad: su promedio al nacer es de 86,34 años, lo que las sitúa algo más de cinco años por delante de los hombres, cuya esperanza de vida se sitúa en 81,11 años, diferencia que se va haciendo cada vez menor conforme se avanza en edad (Figura 5).

Gráfica que muestra la esperanza de vida y diferencia entre mujeres y hombres por edad

Esta ventaja posee un componente biológico vinculado con la función reproductora y la protección hormonal, factores que se reflejan en la disparidad de las tasas de mortalidad entre hombres y mujeres.

Estado de salud

Esta mayor resistencia a la muerte podría sugerir un estado de salud más favorable para las mujeres; sin embargo, la realidad es bien distinta. Su salud percibida es peor y la brecha con los hombres se distancia progresivamente con la edad, especialmente tras la menopausia (Figura 6).

Gráfica que muestra el estado de salud percibido por sexo y edad en España.

El informe del Ministerio de Sanidad muestra que el 74,0% de la población valora su estado de salud como bueno o muy bueno: 78,0% los hombres y 70,2% las mujeres. La brecha de género es especialmente marcada entre los 40 y 59 años, donde solo el 58% de las mujeres se siente bien, comparado con el 68% de los varones.

En el caso de las personas mayores, analizado especialmente en el documento del CSIC, la salud autopercibida muestra contrastes significativos. Según datos de 2024, casi el 44% de los hombres mayores en España considera que su salud es buena, frente al 37,4% de las mujeres. Por el contrario, perciben su salud como mala un 10,7% de los hombres y 14% de las mujeres, con una brecha cada vez mayor conforme se avanza en edad de manera que mientras que el 25,8% de los hombres de 85 y más años perciben su salud como mala o muy mala, esa percepción alcanza al 34,4% de las mujeres.

Esta percepción del propio estado de salud, resulta de utilidad para evaluar la discapacidad o el impacto de alguna limitación en las personas. Se obtiene preguntando a los encuestados sobre los contratiempos de salud han afectado su capacidad para realizar las actividades cotidianas durante un periodo mínimo de seis meses. De este modo, no solo permite conocer las percepciones subjetivas de las personas sobre su estado de salud, sino que además proporciona una visión más completa de cómo las enfermedades o limitaciones físicas pueden influir en su calidad de vida.

Morbilidad

Más allá de las patologías casi exclusivas por razón de sexo, la mala percepción de salud en las mujeres puede justificarse por el distinto patrón de enfermedad. En ellas existe mayor prevalencia de enfermedades incapacitantes, como las articulares o la demencia; además padecen casi el doble de problemas crónicos y presentan una probabilidad mayor de sufrir depresión o trastornos del estado de ánimo.

Los datos de la Encuesta Nacional de Salud de España 2023 muestran la diferencia en la prevalencia de problemas de salud crónicos. Los hombres superan casi en dos puntos a las mujeres en cardiopatía isquémica y enfermedad obstructiva crónica (EPOC), y en algo más de uno en diabetes mellitus. Por el contrario, y al margen de otros de menor cuantía (como hipotiroidismo, osteoporosis o hiperlipemia) la artrosis presenta una prevalencia un 7,8% superior en las mujeres. En cuanto a los trastornos de ansiedad o depresivos, las mujeres superan con creces porcentualmente a los hombres (8,3 y 5,9 respectivamente).

En mayores de 65 las diferencias porcentuales se incrementan notablemente. Los hombres de este grupo etario lideran en enfermedades con riesgo vital agudo, superando a las mujeres en 8,2 puntos en EPOC y enfermedades respiratorias y en 7,1 en cardiopatía isquémica. En cambio, las mujeres mayores presentan una sobrecarga de morbilidad por ansiedad o depresión (más de 12 puntos de diferencia) y, especialmente, por artrosis, donde la brecha alcanza los 28,6 puntos porcentuales.

Dos enfermedades claramente incapacitantes convergen de manera crítica en las mujeres mayores: artrosis y demencia (Figuras 7 y 8).

Gráfica que muestra la prevalencia de artrosis en diferentes grupos de edad por sexo.

El caso de la demencia es especialmente relevante. Con menor prevalencia y diferencia que la artrosis, muestra un patrón muy desfavorable para las mujeres mayores que las hace mucho más necesitadas de cuidados a igualdad de edad.

Gráfica sobre la prevalencia de Alzheimer y otras demencias por edad y sexo.

La presencia de problemas crónicos se incrementa con la edad en ambos sexos, pero además son acumulativos, siendo mayor su número en las mujeres, especialmente a partir de la década de los cincuenta.

Consecuencias

Esperanza de vida en buena salud

Todo lo anterior justifica que las mujeres disfruten de una menor esperanza de vida en buena salud, libre de discapacidad, a partir de una determinada edad, por acumulación de patologías no letales pero invalidantes (Figura 9).

Gráfica sobre esperanza de vida en buena salud para mujeres y hombres por edad.

De algún modo, esa ventaja de años de vida de las mujeres sobre los hombres que se inicia en el nacimiento y se mantiene en la juventud y la adultez, se desvanece al alcanzar las edades más avanzadas, llegando a superada por los hombres en las edades extremas. Asi, es esperable que una mujer al nacer viva 7,4 años con discapacidad, frente a los 4,4 años en los hombres; brecha que se amplía hasta alcanzar los 13,9 y 10 años respectivamente al llegar a los 65.

Cuando estos datos se colocan junto a la esperanza de vida total, analizada anteriormente, es cuando podemos observar la verdadera magnitud del hecho. Los años que restan por vivir a una determinada edad, pueden ser más o menos saludables según el sexo: la balanza es siempre más favorable en el caso de los hombres, quienes esperan vivir en buena salud la mitad de sus años de vida al cumplir los 65 y un tercio a los 80 (Figura 10). La paradoja de la longevidad femenina se confirma: las mujeres viven más años, pero un porcentaje significativamente mayor de ese tiempo transcurre en condiciones de salud precarias o dependencia.

Gráfica que muestra el porcentaje de años de vida saludable en hombres y mujeres

Discapacidad

Evidentemente, esa esperanza de vida libre de discapacidad, puede reflejarse tambien en la prevalencia de la discapacidad. En fuentes como la Encuesta sobre Discapacidad se evidencia con claridad el incremento de la prevalencia de discapacidad con la edad y la etapa vital en la que la diferencia por sexo se invierte por completo.

Gráfica sobre población con discapacidad o limitación por edad y sexo.

Con las limitaciones propias del muestreo, el INE estimó en ese informe en más de cuatro millones las personas afectadas por discapacidad en España (4,38 millones de personas residentes en sus hogares) de las cuales el 58,1% eran mujeres. De este total, el 59,9% mayores de 65 años (2,63 millones). Resulta significativo que la proporción de personas con discapacidad mayores de 65 años sobre el total, fuese significativamente más elevada en el caso de las mujeres (65,9%) que en el de los varones (51,5%) y sus tasas especificas tambien (335,2 por mil frente a 235,5).

Dando por supuesto que no todas ellas puedan considerase dependientes, no debe extrañar que la cifra sea mucho mayor que la que ofrece el SAAD.

Dependencia y prestaciones

A sabiendas de que son todos los que están, pero posiblemente no están todos los que son, el registro del SAAD, es la fuente principal de datos sobre dependencia, resumidos en la Tabla 3 que recoge la distribución por grupos de edad, el peso de cada segmento en el sistema y su composición por grados. Se aprecia con claridad un cambio de tendencia significativo según la etapa vital. En el grupo de menores de 64 años, los hombres son mayoría (57,7 %). Sin embargo, a partir de los 65 años, la situación se invierte drásticamente: las mujeres representan el 62,1 % en el tramo de 65 a 79 años y alcanzan casi el 72 % en los mayores de 80.

Tabla que muestra datos de dependencia por edad y sexo en España.

Resulta especialmente relevante el análisis de la intensidad: en el grupo de edad más avanzado, no solo hay más mujeres, sino que estas presentan los grados de dependencia más severos. Mientras que en el Grado I las mujeres representan el 71,2 %, esta cifra se eleva hasta el 75,1 % en el Grado III (Gran Dependencia). Este dato confirma que, en las etapas finales de la vida, la mujer no solo es la principal usuaria del sistema, sino la que requiere cuidados más complejos y continuados.

En cuanto a las prestaciones, no es posible determinar, con los datos publicados, a que grupo de edad corresponden. No obstante, dado el peso preponderante de las personas mayores en el sistema, es posible deducir que las tendencias globales sean un fiel reflejo de lo que ocurre en el grupo de más de 65 años. Tampoco disponemos de la distribución por sexo y presuponemos que no hay diferencias significativas en el tipo de prestación que reciben hombres y mujeres dentro del mismo grupo de edad y grado. No obstante, es posible que el hombre tienda a permanecer más tiempo en el hogar que la mujer por contar con los apoyos suficientes y las mujeres tengan una tasa de institucionalización mayor.

Tabla que muestra el número de prestaciones por tipo y grado en el sistema de dependencia

Condicionantes

Restan unas pinceladas que exceden el propósito de este informe, pero que consideramos imprescindibles para entenderlo en su totalidad.

Sabemos que, en 2024, el 61% de las personas mayores en España estaban casadas, el 25,5% son viudas, un 6,9% permanecían solteras, y un 6,6% separadas o divorciadas, influyendo esta situación en la convivencia, que presenta una gran brecha de género. La forma de convivencia más común entre las personas mayores en España sigue siendo en pareja: el 48,9% de los hombres mayores vive en hogares de este tipo, frente al 32,75% de las mujeres. También es significativa la diferencia que se da en los hogares unipersonales con un 29,9% entre las mujeres frente al 14,4% de los hombres. Esta disparidad responde tanto a la mayor longevidad femenina como a una menor edad media al contraer matrimonio, factores que elevan significativamente la tasa de viudedad en la mujer.

Los datos muestran que el hombre suele alcanzar la gran dependencia conviviendo con su cónyuge, mientras que la mujer lo hace mayoritariamente en situación de viudedad, lo que obliga al SAAD a actuar como sustituto de la red familiar agotada o inexistente un fenómeno que, por su impacto social, requiere un análisis pormenorizado.

De lo anterior puede deducirse que las mujeres son las usuarias intensivas de los servicios de proximidad, mientras les resulta posible. Al vivir solas en mayor proporción, el SAD y la Teleasistencia son sus «redes de seguridad» esenciales. Los hombres, en cambio, utilizan estos recursos de forma complementaria, ya que suelen contar con apoyo convivencial permanente por estar casados con una mujer, generalmente más joven, que actúa como cuidadora principal, permitiendo que él permanezca en casa. Por el contrario, muchas mujeres, al llegar a una edad muy avanzada ya han agotado su red familiar de cuidados y gran parte de las que presentan un grado avanzado de dependencia vive en una residencia.

Nota final

Podemos concluir, por tanto, que la mayor presencia de mujeres en servicios profesionales no responde solo a su longevidad, sino a una mayor morbilidad y probablemente a una carencia de apoyo informal en el hogar, debido a la soledad y viudedad. Este hecho diferencial constituye un eje crítico que debe ser integrado en el diseño de los sistemas de cuidados, tanto sanitarios como sociales, para garantizar una respuesta equitativa y adaptada a la realidad demográfica actual.

Los datos provienen del Instituto Nacional de Estadística (INE) www.ine.es y el SAAD estadística mensual

Documentos de interés:

  • Ministerio de Sanidad. (2024). Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2024. Madrid: Secretaría General de Salud Digital, Información e Innovación.
  • Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). (2024). Un perfil de las personas mayores en España: indicadores demográficos y de salud. Envejecimiento en Red.

La comisión Cuidados de la PMP está coordinada por Pilar Rodríguez Rodríguez y forman parte de ella, además de Pilar Serrano: Anna Bonafont, Sacramento Pinazo-Hernandis, Trinidad Suárez Rico y Angel Yagüe Criado.

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