Hablar de políticas de envejecimiento y cuidados en España es hablar, inevitablemente, de María Teresa “Mayte” Sancho Castiello. Psicóloga por la Universidad Complutense de Madrid y máster en Gerontología Social, su trayectoria profesional está estrechamente ligada a la evolución del sistema de atención a las personas mayores en nuestro país. Hoy es directora general del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO), pero su vinculación con este organismo se remonta a finales de los años setenta, cuando comenzó una carrera que la ha convertido en una de las mayores expertas internacionales en envejecimiento.
Durante tres décadas formó parte del equipo del IMSERSO, en una etapa en la que el envejecimiento apenas ocupaba espacio en la agenda pública. “Cuando yo empecé, la vejez no tenía la más mínima relevancia. Era un hecho de facto, pero ni se estudiaba ni había programas”, recuerda. Aquellos primeros años coincidieron con un momento en el que el fenómeno demográfico empezaba a hacerse visible y exigía nuevas respuestas sociales, sanitarias y políticas.
Ese proceso de transformación ha ido en paralelo a su propia trayectoria profesional. “Ha sido un proceso de maduración que ha ido paralelo también al envejecimiento de la población, que nos ha obligado a mirar a un grupo muy heterogéneo que hoy representa alrededor del 20 % de la sociedad”, explica. Desde entonces, su carrera ha estado marcada por una constante: generar conocimiento y trasladarlo a la práctica de las políticas públicas.
Su experiencia abarca algunos de los hitos más relevantes del desarrollo del sistema de cuidados en España. Ha sido responsable del Observatorio del Envejecimiento y la Dependencia del Gobierno de España, participó en el grupo de expertos que elaboró la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a la Dependencia y ha colaborado con organismos internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) o el Consejo de Europa en materia de envejecimiento y protección social.
Tras 30 años en la administración, emprendió una nueva etapa en el ámbito de la investigación aplicada como directora científica de Matia Instituto Gerontológico y directora de Planificación de la Fundación Matia, donde profundizó en el desarrollo de modelos de atención centrados en la persona y en la investigación sobre cuidados de larga duración. “Fue otra oportunidad en la línea de la investigación-acción, porque allí había mucha atención directa además de investigación”, explica.
“Ha sido un proceso de maduración que ha ido paralelo también al envejecimiento de la población, que nos ha obligado a mirar a un grupo que hoy representa alrededor del 20 % de la sociedad”
Su trayectoria también ha estado vinculada al ámbito académico y profesional. Ha sido vicepresidenta de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología y ha colaborado en numerosos proyectos nacionales e internacionales relacionados con el envejecimiento, los cuidados de larga duración y los procesos de desinstitucionalización.
El impacto de su trabajo ha trascendido las fronteras españolas. En 2022, Naciones Unidas la seleccionó como una de las 50 líderes mundiales que más han contribuido a transformar la sociedad para envejecer mejor, un reconocimiento que pone en valor décadas de trabajo dedicadas a situar el envejecimiento en el centro del debate social.
Mirando atrás, Sancho reconoce que su llegada al ámbito del envejecimiento fue causal. “Entramos en el IMSERSO sin saber muy bien las funciones de esta institución, pero con el tiempo el envejecimiento se convirtió en un tema apasionante al que he dedicado prácticamente toda mi vida profesional”, afirma. Una trayectoria que, en muchos sentidos, ha acompañado la propia evolución de la sociedad española hacia una mayor conciencia sobre el valor de los cuidados y el reto demográfico. Aunque aún quede mucho por hacer.
Cuando empezaste a trabajar en el IMSERSO, el envejecimiento no tenía tanta relevancia. ¿Cuándo se produjo el cambio, cuál fue el punto de inflexión donde se empezó a tomar en serio a las personas mayores?
En España, la respuesta a las necesidades derivadas del envejecimiento empieza a desarrollarse en los años 80 del siglo pasado, promoviendo la creación de centros sociales, vacaciones y otras iniciativas que integraríamos en el marco del envejecimiento activo. Pero el gran reto se afronta en los años 90, cuando el Consejo de Europa comienza a trabajar en la atención a la dependencia, que coincide con la aprobación de la ley alemana de protección a la dependencia (1995). Tuvimos la oportunidad de participar en los debates para la definición del concepto de dependencia y, a partir de ese momento, en el IMSERSO se generó un interés enorme por este asunto.
Comprendimos que era un nuevo reto del sistema de bienestar y del sistema de protección social y que teníamos que ponernos en marcha para avanzar. Ahí empezó la reflexión que llevó a la aprobación de la Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia.
Antes, el desarrollo de los recursos era muy escaso. Llevábamos un retraso importante en el sistema de servicios sociales, y mucho más en la atención a la dependencia. Pero nos pusimos las pilas. Y el avance ha sido moderadamente rápido. Ahora nos acercamos a la media europea de coberturas de servicios, lo cual no quiere decir que estemos bien. El incremento de situaciones de necesidad es mucho más rápido que la evolución del sistema. Este año 2025 hemos tenido casi 150.000 solicitudes de valoración de dependencia.
Este año se cumplen 20 años de la aprobación de la Ley de Dependencia. ¿Qué cambios relevantes ha vivido el sector ociosanitario en estas décadas?
Con la aprobación de la Ley de Dependencia, se desarrollaron muchos servicios básicos que eran necesarios. Y, durante estos años, ha habido una evolución importante en su grado de cobertura y profesionalización. Se han desarrollado mucho los servicios residenciales, aunque ahora su concepción exige una transformación en profundidad; también se ha producido un avance muy importante de servicios domiciliarios, que eran muy escasos, y un crecimiento de los centros de día y de la tecnología con la teleasistencia.
Ahora afrontamos un momento de cambio. Un cambio indispensable e inaplazable que exige escuchar un poco más cuáles son los deseos y las preferencias de muchas personas mayores que utilizan estos servicios.
Es una realidad que el sector está feminizado. ¿Qué ventajas e inconvenientes tiene esto?
Hablar de cuidados es entonar el género femenino. Es hablar de mujeres que ofrecen cuidados en el ámbito familiar, mujeres que también están con una presencia más mayoritaria que los hombres en el ámbito comunitario y de la acción voluntaria, en el asociativo y en el profesional, a todos los niveles y en todas las categorías. Y también, como sabes, las mujeres envejecemos y vivimos más años. Esto se traduce en que hay un mayor número de mujeres que necesitan cuidados.
“La brecha salarial por motivos de género es una realidad. Pero, además, en nuestro sector, que las mujeres hayan asumido tradicionalmente los cuidados sin remuneración, afecta a la profesionalización»
Tradicionalmente, las sociedades han invisibilizado el tema de los cuidados en el ámbito de la intimidad, en el ámbito doméstico, donde estaban las mujeres. Esa tradición permanece por muchas razones; incluso se han incrementado y tiene muchos inconvenientes hoy en día: las mujeres trabajamos fuera de casa, pero seguimos asumiendo los cuidados. Por tanto, tenemos doble tarea. Y la dedicación a los cuidados es mucho más estresante: más tiempo de cuidados, más complejidad y más intensidad. El tiempo de cuidados puede extenderse en torno a 10 o 12 años.
Por otra parte, los cuidados profesionales se caracterizan por la precariedad y por su poco valor social. Esto da lugar a una paradoja increíble: defendemos que el cuidado supone la sostenibilidad de la vida y, por lo tanto, la sostenibilidad de la sociedad, pero, de todos los servicios profesionales, es el trabajo que tiene menor valor social. Creo que estos son problemas troncales para un futuro más equitativo y justo para apoyos y cuidados.
¿Cree que el sector ha estado infravalorado precisamente porque está feminizado?
La brecha salarial por motivos de género es una realidad.
Pero, además, en nuestro sector, la tradición de cuidar en la intimidad, es decir, que las mujeres asumieran los cuidados en el espacio doméstico y familiar, como algo natural, afecta a la profesionalización.
Los cuidados empiezan a ser un problema cuando las mujeres salimos al mundo laboral. Es ahí donde se evidencia que esta es una cuestión importante a la que hay que buscar solución más allá de los entornos familiares, visibilizando la dimensión social de los cuidados. Antes se encargaban de los cuidados familiares las mujeres, ahora son otras mujeres que proceden de la migración, en un porcentaje muy alto. Por lo tanto, se les da menos valor, tienen poca formación y un salario muy bajo, cuando no ejercen tareas desde la ilegalidad.
¿Qué pasos deben dar los agentes implicados, incluida la Administración, para avanzar en el reconocimiento profesional, social y económico del sector?
Debemos empezar por la dignificación de los cuidados. Para ello, es necesaria la concienciación social sobre el valor que tienen, acompañada de más formación de las personas que realizan tareas de cuidado y de una mayor remuneración por esta labor.
Salir de la precariedad es el primer paso para hacer más atractivo este trabajo y que los hombres lo tengan en cuenta como una oportunidad laboral.
Cuidar debe ser un trabajo más profesionalizado, complementado por el apoyo no remunerado, familiar, de la acción voluntaria y de otras iniciativas que construyen el ecosistema de cuidados.
En el proceso de cuidado siempre van a existir cuidados no remunerados, pero es importante el balance entre unos y otros.
“Debemos dignificar los cuidados. Para ello, es necesaria la concienciación social sobre el valor que tienen, acompañada de más formación y de una mayor remuneración”
No es lo mismo acompañar un proceso de cuidados durante años, por ejemplo, de una persona con demencia, que afrontar todas las necesidades que genera esa enfermedad, que era lo que sucedía hasta hace relativamente poco.
Cada vez son más las mujeres al frente de organizaciones, empresas y administraciones vinculadas a los cuidados. ¿Cree que esta mayor presencia femenina en puestos de liderazgo está transformando la forma de entender y gestionar el sector?
Yo te diría que debemos estar en proceso. Yo no veo un cambio significativo. Habría que ver dónde está el techo de cristal. Es cierto que hay mujeres en entornos que exigen cierta capacidad de decisión, pero sigue existiendo una presencia masculina muy acusada en lo que conocemos como alta dirección.
Por otra parte, no podemos olvidar que un porcentaje muy alto -en torno al 75%- de los recursos y servicios del sector de la dependencia está en manos de la iniciativa privada. Y, aunque en estas entidades hay cada vez más mujeres directivas, los cargos relevantes los lideran hombres.
En cualquier caso, lo importante es el cambio social que supone la presencia de las mujeres a todos los niveles. Y también la de las mujeres cuidadoras en el mercado de trabajo. Eso sí que es un cambio social, porque todos estamos viviendo lo que supone compatibilizar el trabajo y el cuidado.
Uno de los grandes debates pendientes es la implicación de los hombres en las tareas de cuidado, tanto en el ámbito profesional como familiar. ¿Por qué sigue siendo un desafío?
En el ámbito familiar, los datos nos dicen que hay una mayor implicación de los hombres en el cuidado, sobre todo en las tareas de gestión fuera de casa, no tanto así en tareas más domésticas y de cuidado personal. Esto tiene mucho que ver también con las tradiciones y la cultura de este país. Pero, en mi opinión, esta cuestión es totalmente transitoria, y con las nuevas generaciones estas ideas se pueden superar.
En el ámbito profesional, esta actividad tendrá acogida para los hombres si implica una carrera profesional con cierta posibilidad de evolución y con una remuneración digna.
¿Qué beneficios crees que supondría la implicación de los hombres en el cuidado?
Todo lo que suponga avanzar hacia una sociedad más igualitaria es un beneficio social. Además, la presencia de hombres en las actividades de cuidado puede ayudar a elevar el valor de esta área.
Los hombres son buenos cuidadores cuando cuidan. Creo que esto es importante decirlo. Esta idea o estos estereotipos que tenemos de que solamente las mujeres podemos cuidar bien, no es cierta. Hay estudios, fundamentalmente en el norte de Europa, que establecen una mayor presencia de hombres profesionales de los cuidados. Y existe evidencia de que los hombres pueden ser tan buenos cuidadores como las mujeres. De hecho, tienen ventajas por sus características físicas, especialmente por la fuerza; aunque lo cierto es que, en este momento, eso se supera con los productos de apoyo.
¿Cómo vislumbra el futuro en este aspecto?
A medio plazo va a haber una presencia mayor de hombres en los cuidados de larga duración y, por lo tanto, un cierto equilibrio de géneros. Y lo veo como una gran posibilidad y avance en el modelo de cuidados. Por supuesto, tiene que ir unido a carreras profesionales, acreditaciones y formación. También a una mirada de cuidado mucho más abierta y con futuro, llena de servicios y recursos que complementan el cuidado personal o presencial.
“Es cierto que hay mujeres en entornos que exigen cierta capacidad de decisión, pero sigue existiendo una presencia masculina muy acusada.”
Estoy hablando de la tecnología, de inteligencia artificial, de productos de apoyo y de todo aquello que facilite las tareas del cuidado.
Desde su experiencia personal, ¿ha percibido barreras específicas por ser mujer en su carrera profesional o considera que el sector ha ido evolucionando también en este sentido?
Yo soy funcionaria pública y los funcionarios públicos, por lo menos en estos sectores, no vivimos discriminación por género (creo). Pero, en el plano personal y de la vida privada, afrontar tareas de cuidado -de las personas mayores, de los niños…- puede ser un freno en la carrera profesional. El techo viene condicionado totalmente por la situación familiar.
¿Qué reflexión le gustaría compartir, desde su experiencia, sobre el momento que vive hoy el sector de los cuidados y hacia dónde debería dirigirse?
Estamos en un momento bien interesante, que aboga por una mejor vida y una mayor dignidad de las personas que envejecen, pero sobre todo de las personas que necesitan apoyos y cuidados.
Todos los planteamientos que se están haciendo inciden en la promoción de la autonomía y en respetar lo que las personas quieren. Esto es muy importante porque, hasta ahora, eso se tenía poco en cuenta. Nos centrábamos en satisfacer necesidades básicas, como si una persona de 85 años no tuviera preferencias. Con el cambio cultural y el enfoque centrado en las personas se comparten los servicios de cuidado con lo que las personas prefieren. Y esto se traduce en menos instituciones y más entornos cercanos y de proximidad.
Otra reflexión que quiero compartir, porque me preocupa, es la tendencia que observo en los últimos tiempos de culpabilización al grupo de personas mayores de lo que está pasando con otras generaciones jóvenes. Me parece un error que cuestiones que tienen que ver con las carencias de desarrollo de nuestro sistema de bienestar, como por ejemplo la vivienda, y que es una responsabilidad de los poderes públicos, se achaquen a los pensionistas.
Es una especie de guerra generacional falaz que puede tener muy feas consecuencias y que, desde luego, nunca va a estar protagonizada por las personas mayores, porque ellas están absolutamente volcadas en el apoyo a las generaciones jóvenes, que son sus hijos y nietos.
¿Cómo te ves en unos años?
Este año cumplo 74 años, ya formo parte del grupo de personas mayores. La dirección del IMSERSO para mí está siendo una actividad “extraordinaria”, aunque me lo tomo muy en serio; primero, porque es vocacional, pero también porque soy funcionaria de esta casa y he estado 30 años trabajando en ella.
“El techo de cristal viene condicionado totalmente por la situación familiar”
Mi compromiso es máximo. Cuando acabe esta etapa, no me veo tanto en la actividad profesional, pero sí en el activismo.
Puedo decir que soy una mujer sin futuro profesional y, en este momento, lo agradezco porque me da la libertad para empujar los proyectos que creo que necesitamos. No tengo “por si acaso o después”. Actúo en el hoy y en el mañana casi como afectada. Es una ventaja.
¿Hay alguna cuestión en la que quieras centrarte o reivindicar de manera activa?
Yo entré a la dirección del IMSERSO muy motivada por la reforma de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a la Dependencia, porque creo que es clave que cuando una persona necesite apoyos o cuidados pueda participar más y tener unos servicios más acordes a sus necesidades. En definitiva, pueda ejercer mejor su autonomía.
Por otra parte, siempre digo que necesitamos más concienciación para tener más inversión en cuidados. A pesar del histórico incremento que ha realizado el Gobierno de coalición en los últimos años en materia de Dependencia, la financiación de los cuidados en España sigue siendo insuficiente porque venimos de una década anterior donde hubo recortes cuyos efectos aún seguimos sufriendo.
Otro aspecto importante es generar mayor conocimiento en el sector gerontológico y el sector de la investigación y la evidencia científica. Estamos intentando que se genere mayor colaboración con el ámbito académico y, en general, con el ámbito del conocimiento. Tener también unos modelos de recogida de datos y de información más precisos y mejores, de mayor calidad y estar al servicio, en este caso, del resto de las administraciones, para dar una información y también una formación sólida. Estamos trabajando para darle un empujón, porque además es competencia de la Administración General del Estado (AGE).














