Hace poco conocimos que el Servicio Andaluz de Salud había sido condenado a pagar 200.000 euros más intereses por haber tardado trece meses en diagnosticar un cáncer, lo que había supuesto para la víctima “un calvario terapéutico”. La noticia me sugiere varias reflexiones. La primera tiene que ver con la suerte de la protagonista por haber sufrido, simplemente, un “calvario” y no haber perecido durante el proceso. La segunda estriba en que este hecho se considere noticia. En todo caso, debe serlo por llegar a los tribunales y haber generado una compensación económica.

Los retrasos poco justificables en los procesos diagnósticos y terapéuticos en medicina son más norma que excepción, y malo será que la solución deba llegar por vía judicial. A lo mejor, no tan malo si así se resuelve un problema grave y frecuente que genera miles de muertes prematuras y que, paradójicamente, se ha acentuado en la época de la tecnificación administrativa y la inteligencia artificial.
Las siguientes reflexiones las formulé en un libro colectivo sobre el tema aún inédito. En una medicina tan protocolizada como la nuestra, el factor tiempo pasa a un segundo plano con más frecuencia de la deseable, incluso en aquellos casos en los que la rapidez de actuación se presenta como más trascendente. Muchos profesionales miran con indiferencia cuestiones como las listas de espera, los retrasos en las citaciones, o el seguimiento de un proceso severo y cuestiones parecidas. Se trata de algo que nunca debiera resultar indiferente.
La variable del tiempo en diferentes áreas de la medicina
Las situaciones en las que se desprecia la variable tiempo son infinitas. En primer lugar, cabría hablar de las consultas. Fijar una cita suele ser algo mecánico, automatizado, realizado por un ordenador desde una oficina. Al determinar una fecha, no se tienen en cuenta las características personales o clínicas del solicitante ni la enfermedad que se presenta como problema. Son circunstancias ajenas con las que la máquina no cuenta.
Los retrasos se acumulan, sobre todo, en los pasos siguientes. Ocurren con enorme frecuencia a la hora de concretar cualquier prueba diagnóstica solicitada por el médico. Un segundo capítulo de retrasos viene determinado por el cumplimiento –con frecuencia poco activo–, por parte del facultativo de turno a la hora de emitir un informe con el resultado de la exploración o de hacerlo llegar al solicitante. La tercera fuente de demoras tiene que ver con el cierre del ciclo, la nueva cita con el médico opinión de origen para que éste proceda a la explicación obligada y las indicaciones oportunas. Este paso, como el primero, conlleva un mecanismo por lo general automatizado y se convierte en fuente de nuevas dilaciones. Todas y cada una de estas etapas suman retrasos acumulados, especialmente en aquellos pacientes de más edad.
En las áreas quirúrgicas, el problema se multiplica. A lo anterior se añaden las llamadas listas de espera, sorprendentemente asumidas con normalidad por el sistema, cuando no por el propio paciente. También los informes preoperatorios, con sus correspondientes citaciones, cumplimentación de nuevos protocolos, disponibilidad o no de quirófanos e incluso del propio cirujano y de su equipo. Nuevos retrasos. Si todo ello coincide con vacaciones, puentes o fines de semana, el panorama es aún peor.
A esta realidad se le pueden poner pocas objeciones. Todos lo vivimos en alguna medida. Lo peor es que, como queda señalado, cuesta vidas y muchísimo sufrimiento. A la luz de la noticia que comento, cabe preguntarse si, al final, van a ser los jueces y sus multas quienes resuelvan la cuestión.












