Fragilidad compartida

Fragilidad compartida
Fragilidad compartida

En las residencias no solo viven personas mayores. También habitan, de alguna manera, quienes las acompañan y cuidan cada día.

Hay una fragilidad que no pertenece únicamente al residente, sino que se reparte entre auxiliares, enfermeras, personal de limpieza, terapeutas, cocineros, psicólogos o directoras. Ese equilibrio entre el cuidado y el cansancio, la ternura y la rutina, es lo que sostiene el día a día de los centros.

El cuidado es, ante todo, una forma de relación humana, donde la vulnerabilidad no reside solo en quien lo recibe, sino también en quien lo ofrece. Cuidar cansa, desgasta y afecta.

Fernando Mosteiro
Vicepresidente de Lares Madrid y presidente de Obra Social Odres Nuevos.
Fernando Mosteiro
Vicepresidente de Lares Madrid y presidente de Obra Social Odres Nuevos.

Nuestro sector necesita espacios donde se pueda hablar del cansancio sin sentirse culpable, compartir frustraciones sin miedo a no parecer profesional y reconocer que el agotamiento también forma parte de nuestro trabajo asistencial.

No se trata únicamente de quejarse, sino de reconstruir con sentido: recordar por qué cuidamos, para quién lo hacemos y cómo queremos hacerlo. Cuando esos espacios existen —equipos que se escuchan, tiempos para revisar cómo nos sentimos—, disminuye la tensión acumulada y, con ella, parte del absentismo que afecta al sector.

Trabajar desde la fragilidad

No es una fórmula mágica, pero sí un punto de partida: cuidar esa fragilidad compartida de quienes viven y quienes trabajan en la residencia, y estar atentos a la debilidad de ambos. El reto no es “humanizar” las residencias como si no lo fueran. Lo humano ya está ahí: en los turnos que se encadenan, en las conversaciones entre residentes y trabajadores, en la risa que se cuela en medio del cansancio, en los cafés compartidos, en el auxiliar que se detiene un momento más junto a una cama, aunque el reloj apremie.

Y es que, al final, la fragilidad no divide: iguala. Nos recuerda que todos —residentes, profesionales, voluntarios y familias— habitamos el mismo territorio vulnerable de lo humano. Y, quizá, esta sea la verdadera fortaleza del sector: no esconder la fragilidad, sino trabajar desde ella.

Un fuerte abrazo… de los que sustentan lo frágil.

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