La desnutrición relacionada con la enfermedad (DRE) constituye uno de los principales desafíos de salud pública en España y en otros países con población envejecida. A pesar de su elevada prevalencia y de las graves consecuencias clínicas, funcionales y económicas que conlleva, continúa siendo un problema infradiagnosticado y, en muchos casos, normalizado dentro del proceso de envejecimiento. Sin embargo, la desnutrición en las personas mayores no es una consecuencia inevitable de la edad, sino un fenómeno en gran medida prevenible y tratable cuando se identifica y aborda de forma precoz.
Por María Sospedra Martínez. Dietista-Nutricionista y miembro del grupo de trabajo de Sinergias SENPE y pacientesde la Sociedad Española de Nutrición Clínica y Metabolismo (SENPE).
En el ámbito sociosanitario, la desnutrición relacionada con la enfermedad adquiere una relevancia especial. La coexistencia de enfermedades crónicas, dependencia funcional, fragilidad y deterioro cognitivo convierte a las personas mayores institucionalizadas en un grupo de alto riesgo nutricional.
Abordar la desnutrición de manera sistemática no solo mejora la salud individual, sino que actúa como un indicador clave de calidad asistencial y eficiencia del sistema.
La prevalencia de desnutrición o riesgo de desnutrición en centros sociosanitarios varía según el método de evaluación y la población estudiada. No obstante, los datos más recientes sitúan estas cifras entre el 20 % y el 40 % de los adultos mayores institucionalizados.
En determinados subgrupos, el riesgo puede superar el 50 %, especialmente en mujeres, personas derivadas de hospitales, mayores de 85 años y quienes presentan deterioro cognitivo, disfagia, fragilidad o polimorbilidad.
Las consecuencias de la desnutrición son amplias y afectan a múltiples dimensiones de la salud. Desde el punto de vista físico, se asocia al aumento de la fragilidad, la pérdida de masa muscular y fuerza (sarcopenia), mayor riesgo de caídas y fracturas, deterioro funcional y aparición de úlceras por presión. Todo ello repercute directamente en la capacidad para realizar actividades básicas de la vida diaria y acelera los procesos de dependencia.
Además, la desnutrición impacta negativamente en la función cognitiva y el bienestar psicológico, aumentando la incidencia de delirium y síntomas depresivos, lo que contribuye a una reducción significativa de la calidad de vida.
La desnutrición relacionada con la enfermedad se relaciona con un mayor número de hospitalizaciones, estancias más prolongadas y un incremento significativo de los reingresos. También se asocia a mayor mortalidad y a un aumento considerable de los costes sanitarios. Se estima que en España el gasto atribuible a la desnutrición supera los 1.000 millones de euros anuales, una parte sustancial de los cuales podría evitarse mediante estrategias de prevención, detección precoz e intervención nutricional adecuada.
¿Por qué las personas mayores son más vulnerables?
El envejecimiento conlleva una serie de cambios fisiológicos que afectan de forma directa al estado nutricional. Entre los más relevantes se encuentran las alteraciones en la composición corporal, con una disminución progresiva de la masa muscular y del agua corporal total, junto con un aumento relativo de la masa grasa. Estos cambios influyen tanto en los requerimientos nutricionales como en la respuesta del organismo ante situaciones de estrés o enfermedad.
La reducción de la función sensorial, especialmente del gusto y el olfato, disminuye el placer asociado a la comida y puede conducir a una menor ingesta.
A ello se suma la disminución de la motilidad y funcionalidad gastrointestinal, que favorece la aparición de saciedad precoz y molestias digestivas. Desde el punto de vista endocrino, se producen cambios en la regulación del apetito, con menor producción de hormonas orexigénicas como la grelina y mayor actividad de hormonas saciantes como la colecistoquinina y la leptina.
Otro elemento clave es la inflamación crónica de bajo grado, conocida como inflammaging, que se asocia a resistencia anabólica y a una mayor pérdida de masa muscular en respuesta a la enfermedad o a la inmovilización. Estos factores favorecen la llamada “anorexia del envejecimiento”, caracterizada por una reducción del apetito y de la ingesta energética y proteica.
Además, la absorción de micronutrientes esenciales como la vitamina D, la vitamina B12, el calcio o el hierro puede verse comprometida, aumentando el riesgo de osteoporosis, anemia y otras patologías asociadas. En conjunto, estos mecanismos explican por qué la desnutrición se manifiesta con pérdida de peso involuntaria, déficits nutricionales y una mayor vulnerabilidad a la enfermedad, la discapacidad y la mortalidad.
Más allá de los cambios fisiológicos, la desnutrición relacionada con la enfermedad debe entenderse como un síndrome multifactorial en el que confluyen la enfermedad, la inflamación, la dependencia funcional y el entorno asistencial. La polimedicación puede afectar al apetito, al gusto o a la absorción de nutrientes, mientras que las hospitalizaciones frecuentes suelen agravar el deterioro nutricional si no se establecen planes de continuidad asistencial adecuados.
Atención nutricional como eje de la calidad asistencial
Las intervenciones nutricionales en personas mayores residentes en centros sociosanitarios han demostrado reducir complicaciones y mejorar la calidad de vida. Entre las estrategias más efectivas se incluyen las siguientes:
Cribado nutricional precoz
El primer paso es realizar cribados rutinarios con herramientas validadas, como el Mini Nutritional Assessment – Short Form (MNA‑SF), seguidos de una valoración integral con el MNA completo o los criterios GLIM. La detección temprana permite intervenir antes de que surjan complicaciones graves.
Planes nutricionales individualizados
Es necesario realizarlos ajustando requerimientos energéticos (20‑30 kcal/kg/día) y proteicos (0,8–1,5 g/kg/día) según la situación clínica y funcional de cada persona.
Fortificación de la dieta y suplementos nutricionales orales
Mejoran la ingesta y reducen la incidencia de infecciones, úlceras por presión y deterioro funcional, especialmente en personas con ingesta insuficiente.
Modificación de la textura de los alimentos en casos de disfagia o dificultades de masticación
El objetivo es facilitar la ingesta y reducir riesgos de aspiración.
Asistencia durante las comidas y entorno agradable
Fomenta la alimentación adecuada, sobre todo en personas con dependencia funcional.
Intervención multidisciplinar, integrando médicos, enfermería y dietistas-nutricionistas
Aumentar la adherencia y eficacia de los planes nutricionales.
Educación nutricional dirigida a profesionales y cuidadores
Mejora la detección temprana y la calidad de la intervención.
Continuidad asistencial y coordinación entre niveles
A través de circuitos estructurados que involucren activamente a dietistas-nutricionistas en el seguimiento nutricional.
El dietista-nutricionista: una figura clave
La falta de dietistas-nutricionistas en hospitales y centros sociosanitarios constituye una de las principales barreras para garantizar una atención nutricional adecuada. A pesar de que en España existen alrededor de 8.000 dietistas-nutricionistas colegiados, su presencia en el ámbito asistencial público sigue siendo claramente insuficiente y muy desigual entre comunidades autónomas, especialmente en el sector sociosanitario. Esta realidad contrasta con las recomendaciones internacionales establecidas desde hace más de cinco décadas. Ya en 1974, la Organización Mundial de la Salud (OMS) señaló la necesidad de contar con dietistas-nutricionistas en los hospitales, recomendación que reafirmó en 1982, proponiendo una ratio aproximada de un profesional por cada 50 pacientes. De forma similar, la Comunidad Económica Europea fijó en 1970 ratios específicas según el tipo de centro, que hoy continúan lejos de cumplirse.
Esta brecha entre la evidencia científica, las recomendaciones internacionales y la práctica asistencial tiene consecuencias directas sobre la calidad de la atención, limitando la prevención, detección precoz y tratamiento de la DRE. En este sentido, la Declaración de Viena sobre la Atención Nutricional Hospitalaria y Sociosanitaria (2019) supuso un punto de inflexión al reconocer la nutrición clínica como un pilar de la seguridad del paciente y un derecho sanitario universal. El compromiso adquirido por gobiernos y sociedades científicas, como The European Society for Clinical Nutrition and Metabolism (ESPEN) y la Sociedad Española de Nutrición Clínica y Metabolismo (SENPE), refuerza la urgencia de integrar de manera efectiva la figura del dietista-nutricionista en los equipos multidisciplinares, no como un recurso accesorio, sino como un elemento esencial para una atención sanitaria segura, eficiente y centrada en la persona.
Un cambio de mirada
La desnutrición en personas mayores no es solo un problema médico, sino un indicador de calidad asistencial, equidad y eficiencia del sistema sociosanitario. En un país donde más del 20 % de la población supera los 65 años, garantizar una atención nutricional adecuada no es una opción, sino una obligación ética y sanitaria.
El camino está claramente definido: cribado nutricional universal, equipos multidisciplinares con dietistas nutricionistas, continuidad asistencial y programas de educación nutricional.
El Real Decreto de Consumo fomentará una alimentación más saludable también en las residencias
El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 presentó en diciembre el Real Decreto de Consumo para garantizar una alimentación saludable en hospitales y residencias, además de otros centros públicos y privados para personas dependientes o con necesidades especiales.
Este Real Decreto, que también salió a información pública en esas fechas, fomentará una alimentación más saludable y respetuosa con el medio ambiente, estableciendo unos criterios mínimos de calidad nutricional y sostenibilidad.
Se va a limitar la cantidad máxima de ultraprocesados y frituras que se puedan servir en los menús. En aquellos centros en los que haya un régimen residencial o pensión completa, habrá como máximo dos raciones semanales de ultraprocesados. En el caso de los desayunos y meriendas, el límite será de máximo uno a la semana.
Se atenderán las necesidades individuales de las personas usuarias. Garantizará un 90% de frutas y hortalizas frescas de temporada y menús variados, y fomentará que todas las comidas sean preparadas en sus propias cocinas, de modo que la alimentación se base en alimentos frescos. El texto legislativo fijará un porcentaje mínimo de frutas y hortalizas de temporada (90%) y procedente de circuitos cortos y producción ecológica (10%).
Por último, se realizarán cribados nutricionales tanto en hospitales como en centros residenciales, en los ingresos y de forma periódica, para prevenir y detectar precozmente situaciones de desnutrición o riesgo nutricional. Y, a raíz de estos cribados, se promoverán planes de atención nutricional, según sus necesidades, se les informará de estos resultados y las medidas adoptadas, y se les darán indicaciones al alta.
La inclusión en el Real Decreto del cribado sistemático del riesgo de desnutrición en las primeras 48-72 horas tras el ingreso, y su reevaluación periódica, fue una propuesta realizada por la Sociedad Española de Nutrición Clínica y Metabolismo (SENPE) que ya sugirieron en el documento «Aspectos a tener en cuenta en la Regulación de la Alimentación Hospitalaria», elaborado por el Grupo de Trabajo Sinergias SENPE y Pacientes.
Esta inclusión del cribado nutricional, tanto en hospitales como en centros residenciales, supone un paso hacia delante para la Alianza Másnutridos en su lucha contra la desnutrición relacionada con la enfermedad (DRE).













