Climatización en verano: beneficios para el bienestar y posibles riesgos para la salud.
Las olas de calor representan uno de los principales riesgos ambientales para la salud y constituyen un desafío creciente para los sistemas sanitarios como consecuencia del cambio climático. La exposición prolongada a temperaturas elevadas incrementa el riesgo de deshidratación, agotamiento y golpes de calor, además de favorecer la descompensación de enfermedades crónicas, especialmente cardiovasculares, respiratorias, renales y metabólicas. Asimismo, se asocia a un aumento de las hospitalizaciones (10 %) y la mortalidad (10,7 %), con una especial repercusión en las personas mayores, la infancia, las mujeres embarazadas y quienes presentan enfermedades crónicas.
Ante este escenario, la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) recuerda que la prevención de los efectos del calor requiere de un abordaje integral que combine medidas individuales, comunitarias y ambientales. Entre ellas, mantener unas condiciones térmicas adecuadas en los espacios interiores constituye una medida eficaz para reducir la exposición al estrés térmico y minimizar sus consecuencias sobre la salud.
«El calor extremo no supone únicamente un problema de confort, sino un factor de riesgo para la salud. Desde la semFYC insistimos en la importancia de adoptar medidas preventivas que reduzcan la exposición a temperaturas elevadas, especialmente en las personas con mayor vulnerabilidad clínica. La climatización adecuada de los espacios interiores forma parte de esas medidas cuando se utiliza de forma racional y adaptada a las necesidades de cada persona», señalan desde la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC).
La utilización de sistemas de climatización, como el aire acondicionado, debe orientarse a mantener unas condiciones ambientales que permitan limitar el impacto fisiológico del calor, evitando tanto la exposición a temperaturas elevadas como el enfriamiento excesivo de los espacios interiores. Una climatización inadecuada puede favorecer molestias como sequedad de las mucosas, irritación faríngea o sensación de malestar, además de incrementar el efecto de los cambios bruscos de temperatura entre el interior y el exterior puede dar lugar al “choque térmico”, es decir, alteraciones en la presión arterial, fatiga extrema, mareos, dolor de cabeza o problemas respiratorios, que pueden resultar especialmente problemáticos en personas con enfermedades cardiovasculares o respiratorias.
Con carácter general, una temperatura interior comprendida entre los 24 y los 27ºC permite mantener un ambiente confortable durante los episodios de calor intenso, si bien la respuesta fisiológica al calor no es uniforme. Aunque la temperatura corporal central de hombres y mujeres es similar y se sitúa alrededor de los 37ºC, existen diferencias en la forma en la que el organismo produce, conserva y percibe el calor. La edad, determinadas enfermedades crónicas, la composición corporal o factores hormonales condicionan la tolerancia térmica, por lo que la climatización debe adaptarse a las características y necesidades de quienes ocupan cada espacio.
La climatización durante la noche también puede contribuir a reducir la carga térmica acumulada durante el día y favorecer el descanso, siempre que se eviten temperaturas excesivamente bajas. Esta medida debe integrarse con otras actuaciones preventivas, como mantener una adecuada hidratación, reducir la exposición al sol durante las horas centrales del día, favorecer la ventilación natural cuando las condiciones exteriores lo permitan y limitar la entrada de calor en las viviendas mediante soluciones de sombreado y recurrir, cuando sea posible, a ventiladores de techo, que pueden reducir la sensación térmica entre 2 y 4 grados.
«La protección frente al calor requiere combinar diferentes medidas preventivas. La climatización es una herramienta útil, pero no sustituye otras actuaciones fundamentales como la hidratación, la adaptación de la actividad física, la vigilancia de las personas vulnerables o la identificación precoz de los síntomas relacionados con el calor», recuerdan desde la semFYC.
Más allá de los beneficios de los sistemas de refrigeración para mantener una temperatura confortable, el uso del aire acondicionado también requiere algunas consideraciones desde el punto de vista de la salud. Aunque por sí mismo no provoca resfriados ni causa infecciones respiratorias en personas sanas, cuando los equipos no reciben un mantenimiento adecuado, los filtros pueden acumular polvo, alérgenos y otros contaminantes que empeoran la calidad del aire interior y contribuyen al agravamiento de patologías respiratorias, especialmente en personas con asma, alergias o enfermedades respiratorias crónicas. Por ello, la limpieza y sustitución periódica de los filtros, siguiendo las recomendaciones del fabricante, constituye una medida que contribuye tanto a preservar la calidad del aire interior como a mejorar la eficiencia de los equipos.
Por otro lado, el incremento del uso de sistemas de climatización pone de manifiesto la necesidad de avanzar hacia estrategias de adaptación al calor que reduzcan la dependencia de estas soluciones individuales. La protección de la salud frente al calor requiere mejorar las condiciones de habitabilidad de las viviendas, avanzar hacia edificios más eficientes energéticamente y promover entornos urbanos capaces de reducir la exposición de la población a temperaturas extremas, beneficios tanto para la salud como para la sostenibilidad ambiental.
«La adaptación al cambio climático constituye también un reto sanitario. Reducir el impacto del calor sobre la salud exige reforzar las estrategias de prevención desde la Atención Primaria y la salud pública, al tiempo que se impulsan políticas que mejoren la resiliencia de las viviendas y de las ciudades frente a las temperaturas extremas. La protección de la salud debe situarse en el centro de las estrategias de adaptación climática», concluyen desde la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria.
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