Asegurar la continuidad asistencial al paciente tras el ictus

Asegurar la continuidad asistencial al paciente tras el ictus.
Asegurar la continuidad asistencial al paciente tras el ictus.

La continuidad asistencial que reciba tras el alta hospitalaria la persona que ha sufrido un ictus es clave para determinar su calidad de vida y paliar el efecto de las secuelas que se hayan producido a causa del accidente cerebrovascular. Máxime teniendo en cuenta que el ictus sigue siendo la primera causa de discapacidad en España y una de las principales causas de muerte. Esta continuidad asistencial es una de las principales reclamaciones de pacientes y profesionales sanitarios, junto a un mayor esfuerzo en prevención y en el refuerzo de la atención precoz.

Según los últimos datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), el ictus sigue siendo un importante problema de salud pública en España. La SEN calcula que su incidencia podría aumentar en torno a un 35 % en los próximos 15 años. De hecho, cada año se registran cerca de 90.000 nuevos casos y, solo en 2023, el ictus causó más de 23.000 fallecimientos, de los cuales más del 55 % correspondieron a mujeres.

En el ámbito europeo, alrededor de 1,1 millones de personas sufren un ictus cada año, con una tasa de mortalidad situada entre el 20 % y el 35 %. A escala global, esta enfermedad provocó aproximadamente 7,3 millones de muertes en 2021 y, si no se revierte la tendencia, podría alcanzar los 9,7 millones anuales en 2050.

Estas cifras ilustran la magnitud del problema en España, Europa y el mundo, y subrayan la necesidad de reforzar la prevención, la atención precoz y la rehabilitación. Y es en este último punto en el que pacientes, familiares y sanitarios han hecho un llamamiento especial, considerando que la rehabilitación, como parte de la continuidad asistencial tras el alta hospitalaria, es clave para reducir el impacto de las secuelas y, por tanto, para mejorar la calidad de vida de la persona.

Como explicó el presidente de la Sociedad Española de Neurología (SEN), Jesús Porta-Etessan, durante el Encuentro científico y social sobre el ictus celebrado en Madrid junto a la Fundación Freno al Ictus y con la colaboración de la Fundación Gmp, el ictus podría evitarse “con prevención en el 80-90 % de los casos”.

Cada año se producen en España entre 110.000 y 120.000 nuevos casos de ictus. Más de un 25 % de las personas que padecen un ictus fallecen y dos de cada tres personas que sobreviven a un ictus presentan algún tipo de secuela; en muchos casos, se trata de secuelas que generan discapacidad.

Prevención y rehabilitación: dos retos a corto plazo

Paciente mayor realizando ejercicios de rehabilitación con ayuda de una profesional de la saludEstas cifras llevan al presidente de la SEN a insistir en la importancia de la prevención, pero también en la necesidad de asegurar una continuidad asistencial una vez que el paciente ha recibido el alta hospitalaria. Solo con esa continuidad y con el equipo multidisciplinar de profesionales adecuados, es posible “regresar a tu vida lo antes posible” y en las mejores condiciones. Porque, aun hoy, “no hemos conseguido que todos los pacientes tengan una neurorrehabilitación una vez que les damos el alta”, reconoció.

El presidente de la Fundación Freno al Ictus, Julio Agredano, insistió en la necesidad de la continuidad asistencial “el día después”. Porque es ahí, añadió, “donde tenemos que trabajar como sociedad, centrándonos en la atención al afectado”.

La coordinadora del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la SEN (GEECV), la neuróloga del Hospital Universitario de Cruces en Bilbao, María del Mar Freijo, reconoció que en los últimos años se ha conseguido disminuir la mortalidad por ictus gracias a la mejora de los tratamientos. Aunque existe un mayor número de pacientes afectados, justificado por el cada vez más numeroso grupo de personas mayores, las cifras confirman que la mortalidad ha descendido en las dos últimas décadas gracias a tratamientos como la trombólisis y la trombectomía; sin embargo, el número de personas con secuelas crónicas crece por el envejecimiento poblacional y la mayor supervivencia tras el evento.

“La mortalidad ha descendido gracias a tratamientos como la trombólisis y la trombectomía, pero el número de personas con secuelas crónicas crece”

De cara a 2050, se prevé que la incidencia del ictus aumente un 81 % y su prevalencia un 71 %, con un mayor impacto en mujeres de más de 80 años y en hombres de 70 a 79. Freijo subrayó el papel de los principales factores de riesgo: hipertensión, hipercolesterolemia, diabetes, tabaquismo y sedentarismo, y recordó que controlar la presión arterial y el colesterol podría reducir la incidencia hasta un 47 % y un 20 %, respectivamente. Además, insistió en que la prevención, la adherencia terapéutica y la innovación tecnológica serán claves para frenar la tendencia y mejorar la calidad de vida.

Asimismo, recalcó la importancia de cuidar “la vida después del ictus”, reforzando la rehabilitación, el apoyo sociosanitario y un seguimiento coordinado entre atención primaria, neurología y enfermería. Destacó, además, el potencial de la innovación y la robótica para ofrecer rehabilitación más personalizada y un acompañamiento continuo a pacientes y familias.

Según la experta, la mayor carga se concentrará en los mayores de 85 años en países con recursos suficientes, mientras que en entornos con menos recursos crecerá la prevalencia en todas las edades. Con estos datos, añadió, las administraciones deben orientar sus políticas para reforzar la prevención, y los neurólogos mantenerse en comunicación estrecha con atención primaria y el resto de profesionales para mejorar el seguimiento de los pacientes.

La neuróloga, además, pone el énfasis en la importancia de la investigación y la tecnología a la hora de reducir las secuelas.

Porque en el futuro “nos darán herramientas que hoy ya se están probando y que ayudarán a que la rehabilitación se refuerce con la robótica, por ejemplo”, con la consiguiente mejora de las secuelas.

Por su parte, la enfermera referente de cuidados paliativos del Hospital La Fe de Valencia y vocal del Grupo de Estudio Neurovascular de la Sociedad Española de Enfermería Neurológica, SEDENE, Purificación Enguix, puso en valor el papel esencial de la enfermería en la detección precoz, la atención continuada y la humanización del cuidado.

Enguix recordó que unos cuidados enfermeros especializados influyen de forma directa en la evolución del paciente, reduciendo secuelas y mortalidad. En la fase subaguda, añadió, la enfermería es clave para anticipar y prevenir complicaciones, acompañar y educar a pacientes y familias, e identificar necesidades para transformarlas en soluciones concretas.

Ictus y secuelas

El ictus es una alteración brusca de la circulación sanguínea en el cerebro. Puede ser de dos tipos: isquémico, cuando un coágulo bloquea una arteria (el 80 % de los casos), y hemorrágico, cuando se rompe un vaso sanguíneo. En ambos casos, cada minuto cuenta: sin riego cerebral se pierden casi dos millones de neuronas por minuto.

Las secuelas más frecuentes que pueden generar discapacidad o dependencia son las relacionadas con la movilidad, produciendo debilidad en un lado del cuerpo, dificultad para caminar o usar la mano. O los problemas para hablar o comprender (afasia), voz alterada (disartria). También son frecuentes otras secuelas como la pérdida parcial del campo visual o visión doble, los cambios en la atención, en la memoria y en las funciones ejecutivas, y los cambios de ánimo (apatía, irritabilidad).

Además, el ictus también puede generar dificultad para tragar, con el consiguiente riesgo de atragantamiento y cansancio persistente que limita las actividades básicas.

Conocidas las secuelas, es necesario recordar que la rehabilitación temprana y continuada (fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia, neuropsicología, trabajo social) mejora la recuperación y la participación en la vida cotidiana. Un ictus ocurre cuando el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro se interrumpe, ya sea debido a un coágulo sanguíneo (en estos casos se denomina ictus isquémico y supone más del 80% de los casos) o a una hemorragia (ictus hemorrágico).

En ambos casos, estamos hablando de una urgencia sanitaria que, ante los primeros síntomas, debe ser abordada con rapidez, ya que cuanto menos tiempo pase desde la aparición de los primeros síntomas hasta que pueda ser tratada, mayor será la probabilidad de sobrevivir a esta enfermedad o reducir sus secuelas. Pero, a pesar de ello, aún existe un alto porcentaje de la población que desconoce cuáles son los síntomas de esta enfermedad o cómo se debe actuar ante su aparición.

Ampliar el conocimiento sobre la espasticidad

Asegurar la continuidad asistencial al paciente tras el ictus.Una de las actividades que ha puesto en marcha la Fundación Freno al Ictus, y que está en línea con la Estrategia de Ictus, es la campaña Las secuelas de un ictus: espasticidad.

El presidente de la Fundación, Julio Agredano, reconoce que es muy importante dar a conocer cuáles son las secuelas de un ictus, y la espasticidad es una de las más frecuentes.

Esta campaña busca la inclusión del afectado porque “solos sumando fuerzas entre profesionales, pacientes, familias e instituciones podremos dar una respuesta real a las secuelas del ictus, como afirma el presidente.

La espasticidad es una secuela que puede aparecer tras un daño cerebral. Se manifiesta como un aumento del tono muscular que empeora con el movimiento. Los síntomas principales, como reza la campaña, son rigidez en brazos, piernas, manos o pies. Esa rigidez dificulta movimientos sencillos y cotidianos como caminar, vestirse o comer. También se manifiesta con espasmos involuntarios o tirones musculares. El paciente puede sufrir dolor crónico afectando al bienestar general.

Aproximadamente un 40 % de los pacientes de ictus sufrirá la espasticidad, con lo que se limitará su capacidad funcional, empeorando su calidad de vida y aumentando los costes que genera esta enfermedad tanto a nivel familiar y personal como del propio sistema sanitario.

Para tratar la espasticidad se requiere un enfoque personal integral, como refiere Agredano. Un tratamiento que debe poner en práctica un equipo multidisciplinario.

En conclusión, Agredano subrayó que el ictus y sus secuelas requieren un abordaje integral en el que intervienen neurólogos, médicos rehabilitadores, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, psicólogos y neuropsicólogos, además de los tratamientos farmacológicos, la tecnología de apoyo y la cirugía cuando es necesaria.

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