Desde hace cierto tiempo, no resulta raro escuchar o leer la expresión “gerociencia” (así, en singular) para referirse a lo que, desde hace más de un siglo, se conoce como gerontología. Incluso se crean cátedras en alguna universidad y se imparten cursos, simposios y ciclos de conferencias bajo esa denominación en instituciones de prestigio académico reconocido. El tema no es inocente y merece algunas reflexiones.
El término “gerontología” fue acuñado a inicios del siglo XX por el gran Elías Metchnikoff (Premio Nobel de Medicina en 1908) para afrontar todo lo relativo al estudio del proceso de envejecimiento, desde las investigaciones en el campo de la biología molecular hasta temas socioeconómicos o relativos al mundo de la psicología. Para un científico como él, estudiar el envejecimiento suponía ir más allá de una mera concepción biomédica. Puede, por ello, ser considerado promotor de la interdisciplinaridad académica. Nos decía que “con ayuda de la ciencia, el hombre puede corregir las imperfecciones de la naturaleza”.

La palabra “gerociencia” no aparece en los diccionarios. Al menos en los clásicos como el de la RAE. Tampoco en el DPTM (Diccionario Panhispánico de Términos Médicos) de la Academia de Medicina, ni en el Espasa. Solo en Google he podido encontrar referencias al término y algunos intentos de definición no siempre coincidentes entre sí.
Justificar la introducción del término “gerociencia” como alternativo al de gerontología sólo tendría sentido por razones de marketing
Tres áreas temáticas en la gerontología
Muy pronto, la comunidad científica agrupó tras el término “gerontología” tres grandes áreas temáticas, todas ellas vinculadas al envejecimiento y todas necesitadas de investigación con el fin último de mejorar las condiciones de vida de los mayores: la biogerontología, que se ocupa de estudiar los mecanismos biológicos acerca del cómo y por qué envejecemos, así como las eventuales formas de interferir en este proceso; la gerontología clínica, que se ocupa de la salud del anciano en su sentido más amplio, lo que conocemos como geriatría; y, por último, investigaciones abiertas a todo lo relacionado con el enorme campo de las ciencias sociales y del comportamiento.
Dos factores de envejecimiento
En el proceso de envejecer intervienen dos grandes tipos de factores: los relativos al llamado “envejecimiento primario” (intrínseco o fisiológico), que se derivan de nuestra propia carga genética. A su lado estaría el llamado “envejecimiento secundario” (extrínseco o epigenético), determinado por condicionantes como el historial previo de la persona (secuelas de accidentes, enfermedades, etc.), el ambiente (tipo de vida, factores de riesgo con los que se ha convivido, medidas preventivas adoptadas, etc.).
El principal riesgo, real y expresamente señalado por parte de quienes hablan de “gerociencia”, es el de considerar que el estudio del envejecimiento se limita a la biogerontología, dejando de lado los factores relacionados con el envejecimiento secundario. Los organismos internacionales que se ocupan de estas cuestiones (Naciones Unidas, OMS…) han insistido, sobre todo a lo largo del siglo XXI, en potenciar acciones relacionadas con el envejecimiento secundario. Quizás porque su implementación puede ser más rápida y eficiente.
Recordemos, en ese contexto, la doctrina sobre el “envejecimiento activo”, emanada de la II Asamblea Mundial en 2002, la declaración del grupo de trabajo de Naciones Unidas de agosto de 2013, el informe de la OMS (2015) que dio pie al concepto de envejecimiento saludable, o la declaración en abril de 2017 por parte de la Asamblea Mundial de la Salud, señalando el periodo 2020-2030 como década del envejecimiento saludable.
Justificar la introducción del término “gerociencia” como alternativo al de gerontología sólo tendría sentido por razones de marketing, nunca por motivos de carácter científico. Junto a ello, siempre debería quedar bien claro, si se opta por este neologismo, que su marco definitorio alcanza territorios que van bastante más allá de la pura biología.













